Tal día como hoy pero de 1473 nació en Torun, Polonia, el hombre que dio uno de esos pasos definitivos que la Ciencia pone en su lugar: Nicolás Copérnico.

“La Tierra No es el centro. Todos los planetas, incluida la Tierra misma, giran alrededor del Sol”. Ojalá hubiese sabido que casi 500 años después, gracias a sus teorías, el hombre comenzó su viaje a las estrellas.

Nicolás Copérnico fue una persona instruida en muchos aspectos. Estudió Astronomía en Polonia y Matemáticas, Derecho y Medicina en Italia. En ambos países también ejerció la docencia. La visión cosmológica de su tiempo estaba constituida por un Universo centrado por la Tierra y donde, tanto el Sol como los planetas giraban alrededor de ella trazando una órbita circular. Esta visión procedía del astrónomo griego Tolomeo (c. II d.C.). Los planetas Marte, Júpiter y Saturno tienen cambios de sentido aparentes en sus movimientos por el cielo (lo que se conoce como movimientos retrógrados) y Tolomeo se había visto obligado a introducir giros secundarios de estos planetas (epiciclos) para explicar estos movimientos. Pero este concepto de Universo no terminaba de encajar en los estudios y pensamientos de Copérnico.

Basado en algunos escritos del también astrónomo griego Aristarco de Samos (siglo III a.C.) en 1514 empezó a adoptar la idea de que era el Sol el centro del Universo  y la Tierra y los demás planetas que componían el Sistema Solar eran quienes giraban en órbitas perfectamente circulares alrededor de nuestra estrella. Con ello también se explicaban los movimientos retrógrados de los planetas indicados anteriormente pero seguía manteniendo los epiciclos de Tolomeo. (Hubo que esperar a Kepler para eliminarlos con su propuesta de órbitas elípticas).

Años después Copérnico presentó esta idea al papa Clemente VII y la desarrolló en un libro llamado “De Revolutionibus Orbium Coelestium”, Sobre las Revoluciones de los Cuerpos Celestes, pero Copérnico quien ya era un importante canónigo y ejercía como tal, no consideró oportuno publicarlo en ese momento al entender que podría provocar conflictos al oponerse a la doctrina aristotélica imperante en esos momentos. Pero, finalmente, en 1540, se decidió a publicarla ofreciéndosela al Papa Pablo III encargándole el trabajo al editor Andres Osiander. Corre la leyenda de que el primer ejemplar le llegó justo el día de su muerto cuando aún conservaba un hálito de vida aquel 24 de mayo de 1543. Precísamente el editor restó importancia en el prólogo de la obra a las ideas de Copérnico situándolas en el terreno hipotético y de la ficción. Esta fue la causa de que las ideas del astrónomo polaco tardaran en hacerse eco.

El orden posicional de los planetas del Sistema Solar conocidos en aquella época (Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno) lo cambió Copérnico para siempre, así como hizo suya la propuesta de que las estrellas fijas debían estar muy lejos de la Tierra defendiendo así que su desplazamiento no fuese  visible desde nuestro planeta. Hoy sabemos que el Sol no es el centro del Universo ni que los planetas giran en órbitas circulares pero su interpretación cosmológica dio el paso de una Ciencia anclada en la Edad Media a un imparable desarrollo de la misma. Nicolás Copérnico tiene todo el derecho a ser considerado como el padre de la Revolución Astronómica.



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